Otro Tohoku. El Japón oculto entre montañas y nieve.
Tohoku es esa parte de Japón que te cambia la perspectiva. Olvídate por un momento del neón de Tokio o las multitudes de Kioto; aquí el ritmo lo marca la naturaleza.

Lo que más te atrapa es su contraste. Puedes pasar de caminar entre «monstruos de nieve» en las montañas de Zao a relajarte en un onsen rústico de madera que lleva ahí siglos, viendo cómo cae la tarde. La comida es otro nivel —mariscos frescos, frutas increíbles y un sake que entra solo—, pero lo mejor es la gente. Tienen una calidez y una resistencia que te hacen sentir bienvenido al instante. Para mí, Tohoku no es solo un destino turístico, es el refugio perfecto para encontrar el Japón más auténtico y desconectar del mundo.
La primavera en Tohoku se hace de rogar, pero cuando llega, es una explosión de color que no tiene rival. Lo mejor es que aquí los cerezos florecen más tarde que en Tokio (normalmente a finales de abril), así que tienes una segunda oportunidad para ver el sakura. Tienes que ir al Castillo de Hirosaki en Aomori; ver los fosos cubiertos de pétalos rosas es algo que no se te olvida nunca. O pasear por Kakunodate en Akita, donde los cerezos llorones caen sobre las antiguas casas de samuráis. Es pura magia visual.

El verano aquí es vibrante. Olvida el calor sofocante de la ciudad; en Tohoku el verano significa festivales (matsuri) a lo grande. Mi favorito indiscutible es el Nebuta Matsuri en Aomori, con esas carrozas iluminadas gigantescas y los tambores retumbando en el pecho. Pero si buscas paz, el verde de las montañas es hipnótico. Caminar por Shirakami Sanchi (un bosque virgen Patrimonio de la Humanidad) o ver los fuegos artificiales de Omagari te conecta con un Japón lleno de vida y tradición.

Sinceramente, creo que el otoño es la estación que mejor le sienta a Tohoku. Las montañas parecen arder en tonos rojos, naranjas y amarillos. Conducir o ir en tren por la garganta de Naruko es un espectáculo, pero mi recomendación personal es la caminata por el arroyo Oirase. El contraste del agua turquesa con las hojas rojas es de otro planeta. Además, es la temporada de la cosecha: el arroz está recién cortado y las frutas saben a gloria. Es la época perfecta para comer y caminar.

Aquí el invierno no es una broma, es una forma de vida. Tohoku se convierte en ‘Yukiguni’ (el país de la nieve). Tienes que ver los ‘Monstruos de Nieve’ en el Monte Zao; son árboles congelados con formas surrealistas. Y para el frío, nada supera la experiencia de Ginzan Onsen en Yamagata. Imagínate un pueblo de madera cubierto de nieve blanca, iluminado con lámparas de gas, mientras tú estás en aguas termales calientes viendo caer los copos. Es, sin duda, la imagen más romántica y acogedora de Japón.

