Otro Kyushu. Volcanes, onsen y leyenda.
Tierra de fuego, aguas termales curativas y bosques milenarios. Un recorrido por la fuerza de la naturaleza y la cuna de la civilización japonesa.

Kyushu tiene una energía diferente, mucho más cruda y viva que el resto de Japón. Aquí sientes que la tierra respira bajo tus pies; ver el humo saliendo del cráter del Sakurajima o del Monte Aso te pone en tu sitio. Es una región cálida en todos los sentidos: el clima, la hospitalidad de la gente y, por supuesto, la comida (el ramen de Fukuoka es religión). Es el Japón de los orígenes, donde la mitología y la naturaleza salvaje mandan.
Kyushu ofrece una de las fotos más surrealistas del mundo: el Kawachi Fuji Garden y sus túneles de glicinias colgantes de colores pastel. Es como caminar dentro de una pintura. Además, ver el imponente Castillo de Kumamoto (que sigue renaciendo tras el terremoto) rodeado de cerezos es muy emotivo. Es una época perfecta para recorrer la costa sin el agobio del calor húmedo.

El verano es intenso, y el mejor refugio es Yakushima. Esta isla es otro mundo; sus bosques de cedros milenarios y musgo inspiraron La Princesa Mononoke, y caminar por allí bajo la lluvia (que es muy frecuente) es místico. Si te quedas en la isla principal, las noches de verano en los Yatai de Fukuoka (puestos de comida callejera) bebiendo cerveza fría y comiendo ramen son la definición de felicidad.

El otoño es para Takachiho. Alquilar una barca y remar por el fondo de la garganta volcánica, con la cascada cayendo a tu lado y los árboles de las paredes rocosas teñidos de rojo y dorado, es una experiencia brutal. Además, dicen que aquí se escondió la diosa del sol, y en otoño el ambiente misterioso hace que te creas todas las leyendas.

Kyushu es la capital mundial de las aguas termales, y el invierno es su momento. Tienes que ir a Kurokawa Onsen, comprar el pase de madera y saltar de baño en baño al aire libre entre la nieve y el vapor. O visitar los «infiernos» de Beppu. Pero mi favorito personal en invierno es el Festival de los Faroles de Nagasaki; la ciudad se llena de miles de luces rojas celebrando el Año Nuevo Lunar, un recordatorio precioso de su historia conectada con China.

