Otro Shikoku. Peregrinos, valles y aventura.
Tierra de los 88 templos, puentes de liana y ríos cristalinos. Un recorrido por la espiritualidad y la naturaleza virgen lejos de las rutas turísticas masificadas.

Es la gran olvidada por las rutas turísticas y, sinceramente, mejor que siga así. Shikoku es Japón sin filtros ni trenes bala. Es una isla para recorrer por carretera, cruzando valles profundos cubiertos de niebla y puentes de liana que dan vértigo. Aquí te cruzas con peregrinos vestidos de blanco en lugar de con grupos de turistas, y sientes una conexión con la naturaleza y lo espiritual que ya es difícil de encontrar en Tokio o Kioto.
La primavera es el momento ideal para empezar, aunque sea un trocito, la famosa Ruta de los 88 Templos; el clima es perfecto y verás a muchos «henro» (peregrinos) caminando. Pero para mí, la joya es el Jardín Ritsurin en Takamatsu. Dicen que es uno de los más bonitos de Japón, y verlo con los cerezos en flor reflejados en sus lagos, con la montaña Shiun de fondo, te da una paz mental increíble.

Shikoku en verano es pura energía. Tienes que vivir el Awa Odori en Tokushima, es el festival de danza más grande del país y una locura colectiva super contagiosa. Si el calor aprieta, la escapada obligatoria es el Río Shimanto. Se le conoce como «el último río claro de Japón» porque no tiene presas; bañarse en sus aguas transparentes o cruzar sus puentes sumergibles (chinkabashi) es una experiencia de verano total.

El Valle de Iya es imprescindible. Imagínate carreteras sinuosas entre montañas escarpadas que se tiñen de rojo y naranja intenso. Cruzar el Kazurabashi (el puente de liana) rodeado de los colores del otoño y la niebla típica del valle te hace sentir en una película de aventuras. También es buena época para navegar por las gargantas de Oboke y Koboke.

El invierno en Shikoku es suave comparado con el norte, pero invita a refugiarse. Es la excusa perfecta para ir a Matsuyama y meterse en Dogo Onsen, dicen que es el más antiguo de Japón y el que inspiró El Viaje de Chihiro. Bañarse en ese edificio de madera laberíntico mientras fuera hace frío es un lujo. Además, en invierno se come el mejor pescado del mar interior; el sashimi aquí juega en otra liga.

