Otro Kansai. Templos, neones y sabor.

¿Buscas el Japón auténtico? Kansai combina la paz del Zen con la obsesión por la comida deliciosa. Tradición, neón y el mejor ambiente local te esperan: ven con hambre y la mente abierta.

La región de Kansai es el contrapeso perfecto a la modernidad de Tokio; es el alma histórica y gastronómica del país. Aquí, el viaje te lleva desde la serenidad de los templos milenarios y geishas en Kioto, hasta el caos delicioso de los neones y la comida callejera en Osaka.

Es una tierra de contrastes donde puedes alimentar a los ciervos sagrados de Nara por la mañana y disfrutar de la sofisticación portuaria de Kobe por la noche. Lo que realmente distingue a Kansai es su gente: conocida por ser más cálida, abierta y con un sentido del humor que te hará sentir bienvenido al instante.

La primavera en Kansai es, sin exagerar, de las cosas más bonitas que vas a ver en tu vida. Todo gira en torno a Kioto antigua. Caminar por el Paseo del Filósofo bajo una lluvia de pétalos o ver el castillo de Osaka rodeado de rosa es mágico. Pero si quieres algo épico, tienes que ir al Monte Yoshino en Nara: una montaña entera cubierta por 30.000 cerezos. Es la época donde la región saca pecho de su historia y belleza clásica, aunque tengas que compartirla con mucha gente.

El verano en la cuenca de Kioto es famoso por su calor húmedo, pero los locales saben combatirlo con estilo. Es la temporada del Gion Matsuri, el festival más famoso del país; ver esas carrozas gigantes de madera rodando por las calles te transporta siglos atrás. Para huir del bochorno, mi plan favorito es el Kawadoko: comer en plataformas construidas justo encima de los ríos en Kibune o Pontocho. Sentir el frescor del agua bajo tus pies mientras cenas es un lujo absoluto.

Si Kanto es elegante en otoño, Kansai es dramático. El contraste de las hojas rojas y naranjas (momiji) contra la madera oscura de los templos milenarios es brutal. Arashiyama y el templo Tofuku-ji son paradas obligatorias, parecen escenarios de fantasía. Además, dicen que «el otoño despierta el apetito», y no hay mejor lugar que Osaka para comprobarlo; las calles de Dotonbori huelen mejor que nunca y la comida callejera te sabe a gloria con el clima fresco.

El invierno tiene una mística especial aquí. Todos cruzamos los dedos para que nieve en Kioto, porque ver el Pabellón Dorado (Kinkaku-ji) cubierto de blanco es la postal definitiva de Japón. Pero también es época de luz: el Kobe Luminarie es un espectáculo de luces impresionante y emotivo que llena la ciudad. Y para entrar en calor, nada le gana a la comida «soul food» de Osaka o a una escapada a los onsen de Arima, uno de los balnearios más antiguos del país.

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