Otro Okinawa. Playas, mitos y tiempo.
Tierra de playas infinitas, arrecifes de coral y guardianes de piedra. Un refugio tropical donde el reino antiguo pervive y la vida se disfruta despacio.

Okinawa no es el Japón que te imaginas. Aquí olvídate de la prisa y de los trenes milimétricos; entras en el ‘tiempo de la isla’. Es un paraíso tropical donde el agua tiene un azul tan intenso que parece retocado y la cultura es una mezcla fascinante entre lo japonés, lo chino y lo americano. Es el lugar perfecto para alquilar un coche, bajar las ventanillas y dejar que la brisa salada te cure el estrés.
Okinawa va al revés: aquí la «primavera» empieza en enero/febrero con los cerezos (que son de un rosa fucsia intenso, no pálidos). Pero lo más espectacular ocurre en el mar: es la temporada de avistamiento de ballenas jorobadas en las islas Kerama. Ver saltar a estos gigantes a pocos metros del barco te deja sin palabras. Además, en marzo o abril ya abren las playas oficialmente; mientras en Tokio llevan abrigo, tú ya estás tocando arena.

El calor aprieta y el agua es la única salvación. Tienes que hacer snorkel o buceo en las Islas Kerama o en Ishigaki; la visibilidad es absurda y nadar con tortugas marinas es casi garantizado. Culturalmente, es el momento del Eisa, un baile tradicional con tambores para honrar a los ancestros. Ver a los jóvenes bailando y tocando en las calles con esa energía suda pura identidad okinawense.

El clima es perfecto, calorcito pero sin humedad asfixiante. Es ideal para explorar la cultura del antiguo Reino Ryukyu y visitar las ruinas de castillos como Nakagusuku. En octubre, Naha se paraliza con el Gran Festival de la Soga (Tug of War); una cuerda gigantesca de 40 toneladas donde miles de personas tiran de cada lado. Es caótico, divertido y muy local.

Es la mejor época para la aventura en la selva, especialmente en Iriomote (la isla salvaje). Hacer kayak por los manglares o senderismo hacia la cascada Pinaisara es mucho más agradable ahora que en verano. Y, curiosamente, a finales de enero empiezan a florecer los primeros cerezos del país en el norte de la isla principal.

