Otro Chugoku. Historia, dunas y leyendas.

Tierra de mitos, castillos negros y el mar interior de Seto. Un recorrido por la tradición y la naturaleza lejos de las rutas turísticas masificadas.

Aquí te olvidas del caos de neón de Tokio. Chugoku es esa mezcla perfecta entre historia profunda (imposible no emocionarse en Hiroshima) y paisajes que parecen de otro mundo, como las dunas de Tottori o el torii flotante del Santuario Itsukushima. Es el Japón que se siente, donde cada rincón tiene una leyenda y se respira una paz que no encuentras en las grandes ciudades.

La primavera en Chugoku tiene una postal ganadora: el Puente Kintaikyo en Iwakuni. Cruzar esos arcos de madera rodeado de miles de cerezos en flor es algo que parece sacado de un grabado antiguo. Pero no te puedes perder Miyajima en esta época; ver los pétalos de sakura cayendo al mar con el gran Torii rojo de fondo es una de esas imágenes que resumen lo que es Japón. Es una estación suave, perfecta para caminar sin prisa por los jardines de Okayama.

El verano aquí es sinónimo del Mar Interior de Seto. La brisa marina te salva del calor húmedo, y es el momento ideal para alquilar una bici en Onomichi y lanzarte al Shimanami Kaido (aunque sea un tramo) para saltar de isla en isla. Y luego tienes el contraste brutal: las Dunas de Tottori. Ir al atardecer, cuando el sol baja y la arena ya no quema, te hace sentir en otro continente. Ah, y no te olvides de comer melocotones en Okayama, ¡son los mejores del país!

Si te gusta la estética japonesa, el otoño en Chugoku es tu sitio. Tienes que ir al Museo de Arte Adachi en Shimane; sus jardines ganan premios cada año y en otoño, con los contrastes de colores, parecen literalmente un cuadro vivo. Pero el rey absoluto es el Parque Momijidani en Miyajima. Se llama «el valle de los arces» por algo: caminar bajo ese techo de hojas rojas intensas con los ciervos paseando a tu lado es pura magia visual.

Chugoku en invierno se disfruta con el paladar. Es la temporada alta de las ostras en Hiroshima (hazte un favor y pruébalas a la parrilla en una cabaña de pescadores) y del cangrejo en Tottori. Pero visualmente, lo más impactante es volver a las Dunas de Tottori si tienes suerte de que nieve. Ver ese desierto de arena cubierto de un manto blanco frente al mar de invierno es una de las cosas más raras y surrealistas que se pueden ver en Japón. Un paisaje de soledad precioso.

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